46- Razón para Quedarse
Avisas y vas a encontrar todas las emociones que él no podía explicar brillando en esos ojos. Siempre estuvo ahí, pero yo no podía verlo.
La noche cayó sobre el cielo, no podía sacarme su mirada de la cabeza. ¿Qué era lo malo de hacerlo débil? ¿Por qué aceptar algo es tan difícil para él?
Fui a nuestra habitación y me senté en mi lado de la cama mientras Sebastián estaba acostado con la cara cubierta y poniendo las palabras de todos en mi mente, lo llamé.
—Um... Sebastián. —Llegó mi voz vacilante, en ese entonces estaba furioso y no escuchaba, pero sé que ahora escucharía...
—¿Qué? —Murmuró, quitándose la mano para mirarme.
—¿Puedo llamar a casa y avisarle a mis padres que estoy bien? Te prometo que también haré que me escuchen. Por favor, no me alejes de ellos, solo los tengo a ellos. —Pregunté desesperadamente, esperando que escuchara y no me robara a mi familia, al menos.
—Solo tengo a tres personas, Mamá, Papá, Sofía, por favor, no me los robes. No volveré a hacer nada, lo prometo. No quería que esto pasara. —Supliqué, acercándome y tirando de sus mangas inocentemente, rezando para que no dijera que no.
Él miró mi cara por unos segundos y suspiró, agarrando su teléfono de la mesita de noche, lo desbloqueó y me lo dio porque olvidé el mío en mi casa: —Toma.
Curvando mis labios hacia arriba, murmuré un ‘gracias' y cuando vi su fondo de pantalla, mis ojos se abrieron. Tenía mi foto tomada durante nuestra luna de miel en Miroir D'eau cuando estaba sonriendo.
—¿Tienes mi foto... de fondo de pantalla? —Pregunté, pensando que no lo había visto bien, mirando más de cerca.
—¿Lo acabas de ver? Ha sido mi fondo de pantalla desde que la tomé. —Se encogió de hombros con indiferencia, sin sorprenderse en absoluto.
—Esta es la primera vez que sostengo tu teléfono. —Murmuré, queriendo abrir su galería y ver mis fotos porque esa era estética. Su cámara era impecable.
Llamé a casa, escuchando los gritos de mis padres y en ese momento solo estaba irritada con ellos porque...
—¡NADA DE ESO HABRÍA PASADO SI ALGUNO DE USTEDES ME HUBIERA ESCUCHADO! —Grité por teléfono, mirando también a Sebastián que fingió no escucharme.
Traté de convencer a mis padres, pero no escucharon y me cortaron de Sebastián y cuando traté de decirle a Sebastián, Mamá lo arruinó todo interrumpiéndome y él tampoco pudo escucharme.
—No, no, me quedo y es mi elección, ¡¿y qué?! —Estaban tratando de hacerme escuchar, pero no tenía intención de escucharlos.
Su principal preocupación era que Sebastián es la Muerte Negra, el mayor criminal de Inglaterra.
—Bien, él lo hará. Sí, sí, lo hará, pero no harás nada sin avisarme antes, estoy bien. —Suspiré, empujando mi cabello hacia atrás, notando cómo Sebastián no quitaba los ojos de mi cara.
—Sebastián nunca puede golpearme. —Enuncié, mirando directamente a sus ojos y a él no le gustó y estaba a punto de quitar su mano, pero sostuve su mano lesionada.
—Bien, ya te lo dije, él lo hará. Solo deja de crear un problema por eso. Estoy bien y nada más debería importarles a ustedes. —Exhalando, me tomó una buena hora convencerlos, pero finalmente lo hice.
Y estuve discutiendo durante una hora, mi estado de ánimo estaba manchado y gruñendo entre dientes, me volví hacia Sebastián, quien tenía la misma mirada misteriosa que tenía al principio de la llamada.
—Puedo golpearte. —Habló, volviendo a tomar su teléfono.
—Inténtalo. —Desafié, poniendo su mano lesionada en el aire, mostrando lo que sucedió cuando trató de lastimarme físicamente.
—¿No estás desanimada ahora? —Preguntó, bajando su mano de nuevo.
—¿Cómo puedo estarlo cuando ya te has castigado a ti mismo? —Suspiré, curvando mis labios hacia abajo. Aparte de su reacción de disgusto por la tarde, no pude encontrar una razón para aferrarme a lo que pasó.
Por no mencionar los delirios de su Hermano.
—¿No vas a preguntar qué me dijo Rubén? —Pregunté, metiéndome debajo de las sábanas también.
—Ya lo sé. Padre lo llamó para que te ayudara. —Suspiró, acostándose para descansar y no pensar en nada más.
—¿Y lo permitirás? —Pregunté, acostándome, sosteniendo mi almohada y mirándolo.
—No lo sé. —Respondió honestamente, girando la cabeza hacia mí.
—Además, Rubén no es mi preocupación, Asad sí. —Susurró, tomando un mechón de mi cabello y tirando de él detrás de mi oreja.
—¿Por qué él? —Pregunté, frunciendo el ceño ya que no me caía bien en lo más mínimo. Me estaba irritando con su diversión. Considerando todo como un disfrute.
—Porque no quiero su sombra cerca de ti. —Murmuró, cerrando los ojos, pero lo único que hizo fue aumentar mi desconcierto.
—¿Es porque Rubén quería asignarlo como mi abogado? —Pregunté de nuevo.
—No.
—¿Entonces?
Abriendo un ojo, acarició mi mejilla con su mano vendada y susurró suavemente: —También te llevaría lejos.
—¿También? ¿Tuviste otra novia que te engañó con él? —Mi confusión aumentó inmensamente ahora. No tenía idea de lo que estaba hablando o la razón profunda para que él odiara a Asad.
—No. Nada. Déjalo. —Suspiró, moviendo la mano para restarle importancia y no forzarlo, murmuré, cerrando los ojos para dormir después de los agitados eventos de mi vida.
Pero, llegué a saber cosas que nunca imaginé que haría. Finalmente terminó después de una montaña rusa de emociones, su rabia, sus emociones, su castigo y al final...
Volvimos a donde empezamos... Todo volvió a la casilla de salida.
—Levanté esta mano, ¿verdad? Aquí la tienes. La castigué.
—¿Ese ‘tú' me debilitó?
—Eres mi necesidad. Te necesito a mi lado, conmigo, te necesito en mi vida.
Sus palabras se repetían en mi mente, agitándola. No podemos quedarnos así para siempre y para detener este bucle de angustia, uno de nosotros tenía que dar un paso y extender nuestra mano.
Permaneceríamos aquí por la eternidad si no lo intentáramos.
—Eileen... ¿estás despierta? —Sacándome de mis pensamientos, Sebastián me llamó.
—Hmm... —Tarareando, abrí los ojos y vi a Sebastián. Ambos nos acurrucamos, sosteniendo el edredón, mirándonos mientras estábamos acostados y no creo que alguna vez hayamos hablado acostados así y se sentía extrañamente satisfactorio.
—Mentí antes. —Me dijo, nuestras voces eran como susurros debido a la oscuridad y el ambiente somnoliento, mirándonos el uno al otro en esta oscuridad.
—Lo sé... —Curvé mis labios hacia arriba, sin guardar más cosas en mi corazón. Quería saber.
—¿Por qué es tan difícil para ti decir la verdad? —Pregunté suavemente, moviendo mi mano y tomando su mano en mi mente, entrelazando nuestros dedos.
—¿Por qué te disgustó? —Pregunté tiernamente, sin sonar abatida para inducir la culpa. Sus rasgos se torcieron en uno inquieto, sosteniendo mi mano con firmeza.
—Porque es verdad, Eileen. —Susurró desesperadamente.
—No quería aceptarlo, pero... —Negándose a soltar mi mano mientras se sentaba lentamente, mirando hacia abajo.
—Me has debilitado.