Las cadenas del deseo
La ciudad se extendía abajo, un mar de luces infinitas parpadeando como estrellas lejanas. Pero en el penthouse de **Damon**, el mundo exterior se sentía irrelevante. **Aquí, solo estaban ellos.**
**Alina** permanecía quieta, su cuerpo medio envuelto en las sábanas de seda de su cama, pero su mente era un torbellino de pensamientos que no podía silenciar. El brazo de **Damon** estaba sobre su cintura, su respiración constante, su calor pegado a su espalda como una promesa silenciosa de que le pertenecía.
¿Pero era así?
Sus dedos recorrieron el borde de la almohada mientras miraba al techo. El peso de la noche, el caos, la sangre... nada de eso había sido un sueño. **Adrián** se había ido. No muerto, pero casi. Y ahora, ella estaba aquí, en el mundo de **Damon**, atrapada entre el hombre que era y el hombre que apenas empezaba a entender.
Se giró un poco, lo suficiente para verlo. **Damon Cross, el hombre al que debería haber temido.**
Se veía casi tranquilo durmiendo, aunque ella sabía que no lo estaba. No había paz para él. No con el peso de un imperio sobre sus hombros, no con los fantasmas de su pasado todavía arañando sus talones.
Y ciertamente no con ella en su cama.
Le dolía el corazón, la confusión y el anhelo enredados en un nudo que no podía deshacer. ¿Cómo había llegado aquí? ¿Cómo había pasado de perseguir una historia a **convertirse en parte de una?**
**Damon** se movió, apretándola más fuerte como si sintiera sus pensamientos incluso dormido. Sus dedos se presionaron contra su cadera, cálidos, posesivos.
**Alina** tragó saliva.
Necesitaba irse. No porque quisiera, sino porque si se quedaba, no estaba segura de poder irse jamás.
Con cuidado, movió su brazo, alejándose de su agarre. Frunció el ceño ligeramente, pero no se despertó. Saliendo de la cama, caminó suavemente hacia la puerta, su respiración superficial mientras trataba de ignorar la forma en que su cuerpo todavía ardía por su tacto.
El penthouse era inquietantemente silencioso. Las grandes ventanas proyectaban sombras en el suelo, las luces de la ciudad parpadeaban contra el cristal. Se abrazó a sí misma, sintiéndose de repente demasiado pequeña en este vasto espacio.
Tenía que pensar. Tenía que respirar.
Su teléfono. Necesitaba su teléfono.
Lo vio en la encimera de la cocina y corrió hacia él, pero antes de que pudiera agarrarlo, una voz grave interrumpió el silencio.
"¿A dónde vas?"
Se congeló.
**Damon** estaba en la puerta del dormitorio, su silueta nítida contra la tenue luz. Su camisa estaba desabrochada, colgando sueltamente sobre su cuerpo, y sus ojos, oscuros, ilegibles, estaban fijos en ella.
Sus dedos se cerraron alrededor de su teléfono. "Solo necesitaba un poco de aire."
"¿Aire?" Su voz era suave, pero había algo peligroso debajo. Algo que le envió un escalofrío por la columna vertebral. Dio un paso lento hacia adelante. "¿O planeabas desaparecer?"
**Alina** tragó saliva. "Yo no estaba..."
"No me mientas". Su voz era de acero ahora.
Ella apartó la mirada, agarrándose a la encimera. "**Damon**, solo... no sé qué estoy haciendo aquí".
Él exhaló bruscamente, pasando una mano por su cabello. "Estás aquí porque estás segura aquí".
"¿Segura?" Una risa amarga escapó de sus labios. "Casi me matan esta noche. Estaba atada a una silla, **Damon**. Te vi ponerle una bala a alguien. Esto... esto no es seguridad".
Su mandíbula se apretó, y por un momento, vio algo parpadear en su mirada. ¿**Arrepentimiento? ¿Ira? ¿Posesión?** No estaba segura.
"Te lo dije", dijo en voz baja, acercándose, "mi mundo es peligroso. Pero nunca dejaré que nadie te toque de nuevo. ¿Entiendes eso?"
Su pulso latió con fuerza. "¿Y si no quiero ser parte de tu mundo?"
Se detuvo a centímetros de distancia, su presencia abrumadora. Sus dedos se extendieron, apartando un mechón de cabello de su rostro, su tacto enviando una descarga por su columna vertebral.
"Entonces dime que te deje ir".
Su aliento se cortó.
Era un desafío. Una prueba.
Pero la verdad se atascó en su garganta como una piedra.
No podía.
Debería.
Pero no podía.
Los dedos de **Damon** recorrieron su mandíbula, inclinando su rostro para que se encontraran. "Eso es lo que pensé", murmuró.
Su corazón se estrelló contra sus costillas. "No estás jugando limpio".
Una sonrisa apareció en sus labios. "Nunca lo hago".
Y luego la besó.
No fue suave, no fue tentativo. Fue **reclamando. Consumiendo**. Una promesa silenciosa de que ahora no había vuelta atrás.
Ella se derritió contra él, su teléfono se le escapó de los dedos mientras sus manos la agarraban de la cintura, atrayéndola hacia él. Sus labios trazaron un camino por su cuello, su aliento caliente contra su piel.
"Eres mía, **Alina**", murmuró contra su garganta. "Y no comparto".
Sus dedos se cerraron en su camisa, su resolución desmoronándose.
Debería luchar contra esto. Debería correr.
Pero en cambio, susurró: "Entonces no me dejes ir".
Y así, todo lo que quedaba de su resistencia se hizo añicos.
**Damon** la levantó sin esfuerzo, llevándola de vuelta hacia el dormitorio, y **Alina** supo... **este era el momento en que realmente se convirtió en suya.**
### **Una tormenta en el horizonte**
La mañana llegó demasiado rápido.
**Alina** se movió, la luz del sol entrando a raudales por las ventanas del suelo al techo. El brazo de **Damon** todavía estaba alrededor de ella, su cuerpo caliente contra el de ella, pero algo era diferente.
Estaba despierto. Mirándola.
Ella parpadeó. "¿Qué?"
Sus dedos trazaron círculos perezosos en su espalda. "Duermes como si no tuvieras ninguna preocupación en el mundo".
Ella soltó una suave risa. "Eso es porque pasé toda la noche enredada con el diablo".
Sus labios se curvaron. "Dices eso como si te arrepintieras".
Sus mejillas se sonrojaron. "No dije eso".
Los ojos de **Damon** se oscurecieron, pero antes de que pudiera responder, un fuerte golpe en la puerta del penthouse rompió el momento.
Todo su comportamiento cambió en un instante. Se sentó, con los músculos tensos, los ojos agudos.
"Quédate aquí", ordenó.
Ella frunció el ceño. "**Damon**..."
"**Alina**", su voz era firme. "Quédate. Aquí".
Algo en su tono la hizo obedecer.
Vio cómo agarraba su arma de la mesita de noche y desaparecía por el pasillo. Su estómago se retorció. **¿Quién diablos estaba en la puerta?**
Los minutos se convirtieron en eternidad antes de que escuchara voces, bajas, urgentes.
Luego, un choque.
El corazón de **Alina** saltó. Salió de la cama a toda prisa, poniéndose lo más cercano que pudo encontrar antes de meterse sigilosamente hacia la puerta.
Otro choque.
Luego, una voz que no había escuchado en días.
"¿De verdad creíste que no volvería, Cross?"
Su sangre se heló.
**Adrián.**
Y no estaba solo.
Un disparo resonó en el aire.
Y luego... caos.