La Persecución Balcánica
¡El viento del Mar Adriático era brutal!
**Alina** se apretó el cuello de su chamarra mientras el equipo salía del bote pequeño y discreto que los había llevado a la escarpada costa de Montenegro, aprovechando la oscuridad. El cielo era un mosaico de nubes, y la luna a veces rompía para arrojar luz plateada sobre los acantilados irregulares y los densos pinos que bordeaban la costa.
**Damon** ya estaba escaneando la línea de árboles de adelante, con el arma enfundada a su lado, con los ojos agudos y calculadores. **Roman** ajustó la mochila pequeña en su espalda, revisando sus comunicaciones, mientras **Lucia**, siempre compuesta, avanzaba para explorar el camino sin decir una palabra.
Estaban cerca. Más cerca que nunca.
**Víctor Knight** había sido visto.
Un convoy privado había llegado a un muelle escondido solo dos horas antes. Los drones de vigilancia capturaron una imagen borrosa de un hombre que coincidía con el perfil de **Víctor** bajando de un lujoso barco y desapareciendo en los caminos de montaña de arriba. Ahora, era su turno de seguirlo.
—Este camino conduce a un monasterio abandonado —susurró **Roman**, señalando el sendero tenue que subía por la ladera—. Los lugareños dicen que ha estado vacío durante décadas, pero se dice que se ha usado recientemente.
**Damon** miró a **Alina**. —¿Estás bien?
Ella le sostuvo la mirada. —Estoy lista.
Y lo estaba. Cualquier remanente de la chica ingenua que había tropezado en el mundo de **Damon** hace meses se había quemado. Lo que quedaba era alguien forjada en fuego y secretos, alguien que había sangrado, perdido y sobrevivido. Ella no estaba aquí por venganza. Estaba aquí por justicia. Por cierre. Por libertad.
Se movieron rápido pero en silencio, con las armas desenfundadas, siempre escaneando con los ojos. El bosque estaba vivo con sonidos: hojas crujientes, agua distante, el chasquido ocasional de una ramita, pero su entrenamiento los había convertido en fantasmas en la oscuridad.
Pasó media hora antes de que el camino diera paso a la silueta desmoronada del antiguo monasterio. Se elevaba desde la roca como una fortaleza olvidada, con antiguas paredes de piedra cubiertas de hiedra y musgo, y la estructura, que alguna vez fue sagrada, ahora estaba envuelta en sombras y silencio.
**Lucia** levantó un puño, señalando al equipo que se detuviera. Se agachó cerca de un parche de tierra alterada: huellas de neumáticos frescas que conducían hacia una entrada trasera oculta.
—Está adentro —murmuró.
Los ojos de **Damon** eran de acero. —Entramos.
**Roman** repartió las comunicaciones. —Mantengan la charla al mínimo. Nos dividimos: **Lucia** y yo aseguraremos las salidas. **Damon**, tú y **Alina** vayan al salón principal. Si está aquí, ahí es donde estará.
El corazón de **Alina** latió con fuerza en su pecho. Asintió una vez, estabilizando su respiración mientras seguía a **Damon** a través de las puertas pesadas y podridas del monasterio.
Adentro, era mortalmente silencioso.
El olor a piedra húmeda y tiempo llenó su nariz. Sus pisadas resonaron contra el piso de baldosas desgastado, y la luz de la luna se filtraba a través de las ventanas de vidrieras rotas con patrones inquietantes.
De repente, una voz resonó desde las sombras.
—Tengo que admitirlo… no esperaba que me encontraran tan rápido.
**Alina** se congeló.
**Víctor Knight** salió de detrás de un pilar en ruinas, tranquilo como siempre, vestido con un abrigo a medida, con una expresión ilegible. Sus ojos encontraron los de ella, y por un momento, el mundo se estrechó.
Se veía mayor ahora. Cansado. Pero todavía estaba esa inconfundible arrogancia en la inclinación de su barbilla. La confianza de un hombre que había escapado del juicio durante toda su vida.
**Damon** se puso un poco frente a ella, protector, con el arma levantada. —Se acabó, **Víctor**.
**Víctor** se rio entre dientes, lento y cruel. —¿Crees que esto se acabó porque me perseguiste por todos los continentes? ¿Crees que atraparme detendrá lo que ya está en movimiento?
—Sabemos todo —dijo **Alina**, saliendo de detrás de **Damon**. —Las cuentas. Los tratos internacionales. El chantaje político. Termina ahora.
**Víctor** inclinó la cabeza. —Eres audaz. Puedo ver por qué **Damon** te mantuvo cerca.
—Suficientemente audaz para derribarte —espetó ella—. No eres un dios, **Víctor**. Eres un cobarde que se esconde detrás de imperios que construiste con sangre.
Sus ojos brillaron. —No sabes lo que es el verdadero poder, chica. Has visto sombras. He bailado con reyes y he quemado ciudades incluso antes de que aprendieras a caminar.
—Entonces baila tu último baile —gruñó **Damon**, acercándose.
Pero la sonrisa de **Víctor** se ensanchó.
—¿De verdad crees que no planeé esto? ¿Que vine aquí solo?
En ese momento, el chasquido agudo del metal resonó en la cámara. De los lados, las sombras se movieron: hombres armados que emergían de puertas ocultas, rodeándolos.
La sangre de **Alina** se heló.
Emboscada.
**Damon** la empujó detrás de él, disparando el primer tiro. El caos estalló.
Los disparos resonaron en los antiguos pasillos, y los gritos llenaron el aire. La voz de **Lucia** llegó a través de las comunicaciones: —¡Estamos comprometidos! ¡Retírense ahora!
Pero no hubo tiempo.
**Alina** se agachó, con el corazón latiendo con fuerza, mientras **Damon** respondía al fuego, cubriendo su retirada a través de un arco lateral. El polvo y la piedra explotaron a su alrededor cuando las balas se estrellaron contra las paredes.
—¡Corre! —gritó.
Ella lo hizo.
Corrieron por un pasillo angosto, con los sonidos de la batalla persiguiéndolos. **Víctor** había desaparecido de nuevo, escabulléndose en el caos como un fantasma.
Llegaron a la salida, con los pulmones ardiendo y la sangre latiendo con fuerza.
**Roman** y **Lucia** ya estaban allí, proporcionando cobertura mientras corrían hacia el bosque.
Cuando llegaron a un lugar seguro, el monasterio estaba en llamas a sus espaldas: el insulto final de **Víctor**. Cualesquiera secretos que quedaran en esas antiguas piedras ahora eran cenizas.
**Alina** se desplomó detrás de un árbol, tosiendo, sacudida.
**Damon** se arrodilló a su lado, agarrándola de la cara suavemente. —¿Estás herida?
Ella negó con la cabeza, apenas capaz de respirar. —No. Solo… solo sin aliento.
Él la abrazó, ambos temblando.
**Víctor** se había escapado.
Pero por primera vez, **Alina** no se sintió derrotada.
Porque ahora, conocía su juego.
¿Y la próxima vez?
Ella lo terminaría.
—
Las llamas devoraron el monasterio en un incendio salvaje, proyectando sombras parpadeantes sobre el bosque oscuro. **Alina** se quedó mirando, sin aliento, mientras el fuego iluminaba la noche como un presagio. El aire era denso con humo y cenizas, mezclándose con el sabor amargo de la adrenalina que aún bombeaba por sus venas. Sus oídos resonaban con las consecuencias de los disparos, pero su mente se mantuvo aguda, concentrada en el recuerdo del rostro de **Víctor**: tan cerca, tan real.
Y luego se fue.
De nuevo.
Se sentó contra un árbol, tratando de estabilizar su corazón acelerado. **Damon** se agachó a su lado, escaneando sus alrededores, con el arma todavía en la mano. Su pecho subía y bajaba en respiraciones controladas, pero **Alina** podía ver la rabia hirviendo debajo de su superficie. No era solo la captura fallida. Era personal. **Víctor** lo había hecho personal para todos ellos.
**Lucia** caminaba de un lado a otro a unos metros de distancia, murmurando rápidamente en croata a sus comunicaciones, tratando de redirigir su extracción. **Roman** se apoyó contra una roca, agarrándose un brazo sangrante, haciendo una mueca mientras intentaba detener el flujo con una tira de tela rasgada de su camisa.
—¿Qué tan mal está? —gritó **Damon**.
—No es fatal —gruñó **Roman**, forzando una sonrisa—. Pero me está poniendo de los nervios.
**Alina** se limpió el hollín de las mejillas y se sentó más recta. —Estuvimos tan cerca. Lo vi en sus ojos: no esperaba que lo siguiéramos hasta aquí.
—No, no lo hizo —dijo **Damon** con sombrío—. Y por eso tendió la trampa. Te subestimó. Nos subestimó.
**Lucia** apagó las comunicaciones y se volvió hacia ellos. —La extracción es en diez minutos. Nos reuniremos en la zona de entrega secundaria. **Roman**, ¿crees que puedes moverte?
**Roman** hizo un gesto de desaprobación con la mano. —Vámonos antes de que empiece a quejarme.
**Damon** ayudó a **Alina** a ponerse de pie, su tacto suave a pesar de la tensión en su cuerpo. Ella se apoyó en él por un momento, no para apoyarse, sino para mantenerse firme. Sus nervios aún estaban encendidos por la adrenalina, pero debajo de eso, algo más frío se asentó.
Determinación.
Navegaron por la ladera boscosa rápidamente, en silencio pero alerta, y cada crujido de una rama o susurro en las hojas hacía que **Alina** se estremeciera. Odiaba cómo esta vida había vuelto a cablear sus instintos. Cómo cada sonido podría ser una amenaza. Pero este era el precio de perseguir monstruos.
Y **Víctor Knight** era el más grande de todos ellos.
—
Treinta minutos después – Casa de seguridad, Colinas de Montenegro
La casa de seguridad era una villa escondida en un valle remoto: acogedora, rústica y engañosamente ordinaria. En el interior, el equipo se reagrupó rápidamente. **Lucia** limpió y cosió la herida de **Roman** con la precisión de alguien que lo había hecho demasiadas veces. **Damon** caminaba de un lado a otro en el pasillo, una tormenta atrapada dentro de un hombre.
**Alina** se lavó la sangre y la suciedad de las manos, mirando su reflejo en el espejo del baño. Su rostro se veía diferente ahora. Más afilado. Más duro. La chica que una vez había escrito artículos esponjosos para el blog de su universidad estaba enterrada bajo esta nueva piel: endurecida por la batalla, cautelosa e inflexible.
Cuando salió, **Damon** la estaba esperando.
No dijo nada al principio. Simplemente la observó, con las líneas tensas alrededor de su boca suavizándose un poco.
—Fuiste valiente esta noche —dijo finalmente.
**Alina** lo miró a los ojos. —Todos lo fuimos. Pero no fue suficiente.
Su mandíbula se flexionó. —No. Pero no hemos terminado.
La llevó al estudio en la parte trasera de la villa. **Roman** y **Lucia** ya estaban reunidos alrededor de la mesa, con mapas y pantallas digitales extendidos como planes de guerra. En un monitor había imágenes de drones: el convoy de **Víctor** llegando al monasterio horas antes. En otro, una imagen satelital en vivo de la región de los Balcanes, con alfileres rojos dispersos por varias ciudades.
**Lucia** hizo zoom en uno. —Después de la emboscada, un jet salió de una pista de aterrizaje privada a tres kilómetros del monasterio. No hay un plan de vuelo oficial. Pero se dirige al sur. Rápido.
—¿A dónde? —preguntó **Alina**.
**Roman** tocó la pantalla. —Chipre. Y si **Víctor** se dirige allí, no es por las playas.
—Podría estar reagrupándose —dijo **Damon**. —O contactando con aliados. Todavía no ha terminado: esta fue solo una fase de algo más grande.
**Alina** se inclinó sobre la mesa. —Necesitamos movernos primero. Cortarle el paso antes de que desaparezca de nuevo.
**Lucia** arqueó una ceja. —¿Estás lista para otra persecución?
**Alina** no dudó. —Tengo que estarlo.
**Roman** asintió con aprobación. —Nos equiparemos. Nos vamos por la mañana.
**Damon** la miró, con una expresión ilegible. —Descansa un poco. Lo necesitarás.
Casi se rió. ¿Descansar? ¿Después de esta noche? ¿Después de ver al mismo diablo y verlo desaparecer en humo de nuevo?
Pero asintió.
Regresó a la habitación de invitados, quitándose la ropa manchada de hollín y entrando en la ducha tibia. El agua no pudo borrar los recuerdos de la noche: la mueca de **Víctor**, los disparos, las llamas, pero atenuó el dolor en sus músculos.
Cuando salió envuelta en una toalla, **Damon** estaba sentado en el borde de la cama, de espaldas a ella.
—¿Estás bien? —preguntó suavemente.
Se giró, y por un momento, ella vio más allá de la máscara que usaba. El peso de todas las vidas perdidas. Todas las elecciones tomadas.
—No —admitió—. Pero lo estaré. Una vez que se haya ido.
Ella se acercó, apoyando una mano en su hombro. —Lo atraparemos. Tenemos que hacerlo.
Él la miró, con los ojos oscuros y tormentosos. —Sabes que esto no termina cuando lo atrapemos, ¿verdad? El mundo que construyó: todavía hay otros que lo alimentan. Incluso sin **Víctor**, estaremos limpiando su desastre durante años.
**Alina** asintió, con la voz calmada. —Entonces, comenzamos quemando el imperio.
**Damon** se puso de pie, elevándose sobre ella, pero no era intimidación, era algo más. Admiración. Respeto. El fuego en ella coincidía con el suyo, y por primera vez, estaban en pie de igualdad.
Le dio un beso en la frente, demorándose lo suficiente para que ella sintiera el voto tácito entre ellos.
Luego la dejó dormir.
O al menos, para intentarlo.
Porque a la sombra de la noche, con el olor a humo aún aferrado a su piel y su corazón latiendo al ritmo de los tambores de guerra, **Alina Carter** cerró los ojos, no como una víctima, no como un peón.
Pero como cazadora.
Y **Víctor Knight** acababa de convertirse en presa.